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Mons. Uriona a sacerdotes: “Pidamos al Señor el don de poder decir nuevamente «sí» a su llamada”

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Durante la noche del miércoles 12, Mons. Adolfo Uriona FDP encabezó la celebración de la Misa Crismal realizada en la Iglesia Catedral de Río Cuarto.

En la Misa Crismal, los sacerdotes se reunieron con el Obispo para renovar las promesas y para la bendición de óleos para los distintos sacramentos (Bautismo, Confirmación, Orden Sagrado y Unción los enfermos) que se utilizan en cada Iglesia o comunidad durante el año.

A continuación, compartimos la Homilia de Mons. Adolfo Uriona en la Misa Crismal:

“Queridos hermanos sacerdotes y queridos fieles:

Nos reunimos en esta Iglesia Madre que es la Catedral para celebrar la Misa Crismal donde se bendecirán los óleos con los que se administrarán los sacramentos del Bautismo, Confirmación, Unción de los enfermos y Orden Sagrado a lo largo del año y en la cual los sacerdotes renovarán las promesas que hicieron en el momento de su ordenación. Lo hacemos agradecidos al Señor porque el año pasado nos regaló a la diócesis tres nuevos sacerdotes.

Cada misa Crismal nos invita a volver a dar un «sí» a la llamada de Dios que pronunciamos el día de nuestra ordenación sacerdotal. El “Aquí estoy” que dijimos en ese instante significaba “envíame” tal como respondió Isaías cuando escuchó la voz de Dios que le preguntaba: ¿A quién enviaré? (Is 6, 8) y fuimos consagrados para el servicio en la misión. Cada uno de nosotros sucesivamente hemos recorrido caminos diversos en el ámbito de su llamada. Pidamos hoy que la gracia de ese día de la ordenación se renueve y paulatinamente nos siga transformando en “otro Cristo”.

Al mismo tiempo, cada Jueves Santo nos brinda la ocasión de preguntarnos de nuevo: ¿A qué hemos dicho «sí»? ¿Qué es «ser sacerdote de Jesucristo»?…

El Canon II de nuestro Misal señala la esencia del ministerio sacerdotal cuando dice “al celebrar ahora el memorial de la muerte y resurrección del Señor…, te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia”. De acuerdo a este texto, son dos las tareas que definen la esencia del ministerio sacerdotal:

1º. En primer lugar, “estar en presencia del Señor”. La palabra indica una existencia vivida en la presencia de Dios, tal como Dios le indicó a Abraham: “camina en mi presencia”. Esa expresión que se encuentra en el Canon de la misa inmediatamente después de la consagración de los dones, nos señala que el Señor está presente, es decir, indica la Eucaristía como centro de la vida sacerdotal.

Pero también el alcance de esa expresión va más allá y se refiere a la misión de “velar”, “vigilar”, “cuidar” que tiene el pastor.  El sacerdote tiene la misión de velar. Debe estar en guardia ante las fuerzas amenazadoras del mal que atacan particularmente a los más débiles, a los sencillos. Debe estar de pie frente a las corrientes del tiempo. De pie en la verdad y en el compromiso por el bien.

Estar en presencia del Señor implica también hacerse cargo de los hombres ante el Señor que, a su vez, se hace cargo de todos nosotros ante el Padre, como lo expresó en su oración sacerdotal la noche de la Última Cena. El sacerdote debe estar de pie, dispuesto a sufrir incluso ultrajes por el Señor, como refieren los Hechos de los Apóstoles, quienes se sentían «contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Jesús» (Hch 5, 41).

2º. La segunda expresión de la plegaria eucarística II es: «servirte en tu presencia». Lo que el sacerdote hace en ese momento en la celebración de la Eucaristía es un ministerio, es decir un servicio a Dios y un servicio a los hombres. “Ustedes serán llamados “sacerdotes del Señor” “ministros de nuestro Dios”. El culto que Cristo rindió al Padre consistió en entregarse hasta la muerte por los hombres. El sacerdote debe insertarse en este culto, en este servicio. Así, la palabra “servir” implica varias dimensiones. Veamos algunas…

  1. Ciertamente, del servir forma parte ante todo la correcta celebración de la liturgia y de los sacramentos en general, realizada con participación interior y no como un trámite más. Debemos aprender a desarrollar una viva familiaridad con la liturgia de forma que llegue a ser el alma de nuestra vida diaria. Si lo hacemos así, celebraremos del modo debido y será una realidad el ars celebrandi, el arte de celebrar.
  2. Si la liturgia es una tarea central del sacerdote, eso significa también que la oración debe ser una realidad prioritaria que es preciso aprender sin cesar continuamente y cada vez más profundamente en la escuela de Cristo y de los santos de todos los tiempos. Dado que la liturgia cristiana, por su naturaleza, también es siempre anuncio, debemos tener familiaridad con la palabra de Dios, amarla y vivirla. Sólo entonces podremos explicarla de modo adecuado. Precisamente el servicio sacerdotal significa también aprender a conocer al Señor en su palabra y darlo a conocer a todas aquellas personas que él nos encomienda. La animación bíblica de toda la pastoral que queremos promover en la diócesis va en esta línea.

Nadie está tan cerca de su señor como el servidor que tiene acceso a la dimensión más privada de su vida. En este sentido, «servir» significa cercanía, requiere familiaridad. Esta familiaridad encierra también un peligro: el de que lo sagrado con el que tenemos contacto continuo se convierta para nosotros en costumbre. Así se apaga el temor reverencial. Condicionados por todas las costumbres, ya no percibimos la grande, nueva y sorprendente realidad: él mismo está presente, nos habla y se entrega a nosotros.

Contra este acostumbrarse a la realidad extraordinaria, contra la indiferencia del corazón debemos luchar sin tregua, reconociendo siempre nuestra insuficiencia y la gracia que implica el hecho de que él se entrega así en nuestras manos. El Jueves Santo nos invita a redescubrir y revalorar el sentido de lo sagrado.

  1. Servir significa cercanía, pero sobre todo significa también obediencia. El servidor debe cumplir las palabras: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42). Con esas palabras, Jesús, en el huerto de los Olivos, resolvió la batalla decisiva contra el pecado, contra la rebelión del corazón caído.

De esta obediencia fundamental debe vivir el sacerdote ya que no se anuncia a sí mismo sino a él y su palabra; palabra que no puede formular arbitrariamente. Por lo tanto, sólo anunciamos correctamente la palabra de Cristo en la comunión de su Cuerpo. Nuestra obediencia es creer con la Iglesia, pensar y hablar con la Iglesia, servir con ella. También en esta obediencia entra siempre lo que Jesús predijo a Pedro: «Te llevarán a donde tú no quieras» (Jn 21,18). Este dejarse guiar a donde no queremos es una dimensión esencial de nuestro servir y eso es precisamente lo que nos hace libres. En ese ser guiados, que puede ir contra nuestras ideas y proyectos, experimentamos la novedad, la riqueza del amor de Dios.

Mañana realizaremos, en la celebración del Jueves Santo, el lavatorio de los pies. Jesucristo con el gesto del amor hasta el extremo, lava nuestros pies sucios; con la humildad de su servir nos purifica de la enfermedad de nuestra soberbia.

Por eso, volvemos a decir Señor: “te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia”. Sabemos que tu Eucaristía como presencia del abajamiento de Cristo remite siempre, más allá de sí misma, a los múltiples modos del servicio del amor al prójimo. Pidamos al Señor, en este día, el don de poder decir nuevamente en ese sentido nuestro «sí» a su llamada.

Qué la Inmaculada Concepción, Madre de los sacerdotes, cuide de nuestro ministerio.

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